La otra noche terminé de leer Mujercitas de Louisa May Alcott y recordé una bochornosa anécdota escolar que me hizo entender que las mujeres “valíamos menos”. Resulta que mi credencial de la biblioteca estaba al tope y no podía sacar más libros. En ese entonces yo tenía 17 años y quería la emblemática novela de Alcott, así que le pedí a un amigo el favor. Él obtuvo el préstamo con su nombre y yo me llevé el volumen a casa. No lo devolví a tiempo. Cuando él intentó pedir los ejemplares que necesitaba le negaron el acceso. “Debes un libro”, le informaron. Mi amigo no recordó cuál y dio media vuelta para irse. En ese momento el bibliotecario gritó: “¡Es el de Mujercitas!”. Toda la gente que estaba ahí (estudiantes trabajando, empleados y hasta el guardia de seguridad) se rio. Porque claro, un hombre leyendo una obra “de mujeres” debió ser algo muy simpático. Entonces vienen a mí muchas frases que escuché en la infancia: “el que llegue al último es mujer”, “chica si no”. Como si el universo femenino fuera ridículo, indigno.

Lo mismo sucede con los temas literarios. Si revisamos el canon de las obras más importantes encontraremos en primera plana los tópicos de tradición masculina como la guerra, las batallas, las aventuras, la política, los piratas, los reyes. Incluso las historias de amor de la “alta literatura” están generalmente escritas por hombres. Ellos son Odiseo peleando contra monstruos marítimos, nosotras somos Penélope: esperando en casa, tejiendo y destejiendo un sudario cada noche, mientras llega el esposo para entonces saber qué hacer.  

La realidad es, por supuesto, mucho más compleja. Y claro, el mundo de las mujeres no vale menos. Ese es uno de los méritos de Louisa May Alcott: escribió una gran novela sobre algo que nadie encontraba interesante: la vida cotidiana de las niñas. Este relato cuenta la historia de cuatro hermanas y su madre, quienes solas logran resolver los problemas que les acontecen. No esperan a un príncipe que las salve, tienen sueños y temperamentos distintos. Como son pobres, trabajan para ayudar a su familia y algunas como Jo (una especie de alter ego de Alcott) desean la independencia. Es un retrato muy diferente al de la damisela en peligro.

Jane Austen, en su novela Persuasión, expone: “Los hombres han tenido ventaja sobre nosotras por ser ellos quienes cuentan la historia. Su educación ha sido mucho más completa; la pluma ha estado siempre en sus manos”. Cuando escuchamos la versión de las mujeres surgen otros matices, aunque nuevamente aparece el prejuicio: “Sí escriben, pero no escriben de nada importante” o “sólo escriben de amor”, “en sus libros no salen de casa”. Como si el amor, el hogar, la soledad no fueran grandes acontecimientos de la vida. Además el confinamiento femenino no fue cosa voluntaria. 

Recuerdo el libro Éramos muchas: mujeres que narraron la Revolución Mexicana de Mariana Libertad Suárez. La autora cuenta cómo precisamente en este canon literario no escrito (y propuesto por varones) logran “colarse” algunas escritoras que muchas veces navegan con bajo perfil, pero otras caen en el completo anonimato. Pone el ejemplo de Nellie Campobello, la única mujer que aparece en los listados de novela de la Revolución (naturalmente existieron más). Ella escribió Cartucho, un libro de estampas narradas desde la perspectiva de una niña. Pese a la poética violencia presente en esta obra, los contemporáneos de Campobello vieron una narrativa que no “atentaba” con el discurso propuesto, “pues lo que refuerza que las mujeres, aunque estuvieran presentes en el territorio donde se disputaba el poder, no tomaron parte activa de ese mundo, pues su capacidad para comprender los hechos políticos era superada por el asombro y el horror que les provocaban las muertes”, señala Suárez. Luego comenta que esta lectura es limitada y no refleja el verdadero espíritu temerario de Cartucho

Trato de pensar cuál fue la primera obra literaria que leí protagonizada por un personaje femenino. Me parece que fue el cuento “La niña de los cerillos” de Andersen (que me hizo llorar amargamente). No sé cuál fue la primera obra que leí escrita por una mujer. No era muy común topárselas en ese entonces. Las célebres protagonistas mujeres que recuerdo son Ana Karenina, Madame Bovary, Lady Macbeth (de Tolstoi, Flaubert y Shakespeare). Ahora el canon se mueve otra vez y las historias se transforman. Los peligros cambian, ya hablaré luego de eso. Por lo pronto creo, como escribió Alcott en Mujercitas, que pese al silencio y los estereotipos de la presencia femenina en la literatura, al final del día “siempre hay luz detrás de las nubes”.